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por MARTIN CIRULIS

La chica se arrodilló en la oscuridad y puso la palma de la mano sobre el frío suelo.

“Uno, dos, tres… No corráis aún, parad los pies”.

A casi un klom de distancia, la base de los asaltantes de Kalan era un revuelo de actividad: cientos de soldados y técnicos se movían en un caos orquestado. Un mundo civilizado diría que este no es lugar para una niña, pero el oasis estaba muy alejado de lo que la mayoría consideraría una civilización.

“Cuatro, cinco, seis… Este es el fin, ya lo veréis”.

Pero, si una niña fuese muy inteligente y hubiese encontrado el lugar donde las vibraciones del hangar de los asaltantes resonaban en los paneles del suelo, entonces sería posible rastrear los lanzamientos de los asaltantes sin exponerse al peligro. Y L’haan Seeker era una niña muy, muy inteligente.

“Siete, ocho, nueve… La madre grita y se remueve”.

“Diez, once, doce… ¡Niñas libres, todo un goce!”.

“Trece, catorce, quince… Sé un lince”. L’haan se quedó inmóvil durante dos segundos, asegurándose de que las vibraciones de los lanzamientos habían cesado, antes de levantarse de un salto y colarse por una grieta en la pared.

Las tropas de los asaltantes de Kalan habían aumentado en número, pero, mientras caía a través de la oscuridad, cogiendo velocidad, L’haan se juró a sí misma que los esclavistas no se saldrían con la suya ese día. El metal rugoso y los cables sueltos le rasgaban la cara, pero le daba igual, pues estaba más interesada en sentir cómo se le erizaba el vello de la nuca por el campo de inercia que rondaba esta sección. Contó tranquilamente hasta tres, dio una patada a la áspera pared que sabía que estaría allí y rebotó en el conducto liso que hacía un ángulo y la alejaba del equipo de búsqueda. La fricción de sus manos y sus pies contra el metal la detuvo por fin en una sala cavernosa iluminada tenuemente. Las únicas huellas en el suelo pegajoso y gomoso le aseguraban que nadie más la había seguido, así que recitó en voz baja su nemotecnia. Las rimas garantizaban que no hubiese errores en el recuento de naves. Su tribu necesitaba saber cómo de peligroso era el espacio ese día.

Pero, por ahora, L’haan Seeker se permitió un momento de orgullo. Reprimió una risita mientras corría a través de espacios y huecos por donde solo un cuerpecillo como el suyo podía caber. Esto era la verdadera libertad. Cuando los gritos y maldiciones de aquellos toscos asaltantes se desvanecieron tras ella, se deleitó en el momento. Solo estaban el oasis y ella. Sus padres le habían enseñado que era una “estación” o “instalación” construida hacía muchísimo tiempo, y que su tribu era una de las tantas que habían vivido aquí. Algunos, como los desaventajados y los hongólogos, eran buenos y valía la pena comerciar con ellos, mientras que a otros, como los corroídos, era mejor evitarlos. De todos ellos, los asaltantes de Kalan eran los peores. Aunque no le hubiesen inculcado desde pequeña que tenía que huir de los asaltantes, si no hubiera observado desde las sombras a la gente que desfilaba encadenada para hacerles el trabajo duro, o incluso si no hubiera escuchado las risas y los gritos, los odiaría igualmente. Aunque solo fuese por cómo habían tratado el Oasis.

Para ellos era o un problema que resolver o un enemigo que derrotar. Cortaron el oasis, lo agujerearon, rebuscaron en todas las máquinas que podían entender y destrozaron las que no. Lo trataron como otra de sus capturas, otra cosa que encadenar. Y no lo era. Era su hogar. Y, aunque nadie la creía, no era un simple trozo de metal. Para nada.

Se detuvo un momento y se colgó boca abajo de un puente suspendido, estirándose hasta que sus dedos tocaron la gruesa capa de polvo en la cornisa. En menos de un abrir y cerrar de ojos, escribió la marca del Camino Peligroso en el polvo y se alzó de nuevo. Cualquier recolector que pasara por ahí en los próximos días sabría que no era seguro acercarse más a la base de los asaltantes. Aunque ella misma era una buscadora, tenía muchos amigos recolectores y le gustaba cuidar de ellos. Su padre alguna vez también lo fue antes de que, como él decía: “tu madre llegase y me golpeara con una tubería entre ceja y ceja”. Aunque a ella eso le sonaba regular, las sonrisas que intercambiaban entre ellos cada vez que él lo contaba le hacía sentir que había algo que se le escapaba por ser demasiado joven.

Dio un rodeo y fue hacia la Gran Fosa Zumbante con mucho cuidado a través de una escalera caída. El zumbido le hacía cosquillas en los pies y decidió que, algún día, descubriría qué se escondía en esa oscuridad profunda. Esto era lo que les encantaba a los buscadores del oasis, que cada día podían encontrarse con algo nuevo. Al llegar al otro lado, optó por el camino con la rampa torcida hacia la izquierda en lugar de ir al Salón de Mármol. Para alguien tan rápido como ella, esa era la ruta más directa.

Confiaba en el oasis como aliado, pero seguía siendo una buscadora, y los buscadores no se podían permitir los actos de fe. Solo a un idiota se le olvidarían los peligros que allí existían, que no eran solo los asaltantes. En la oscuridad crecían seres que se alimentaban de humanos tan fácilmente como de las ratas voladoras. Y, en ocasiones, las cosas simplemente… sucedían. A veces, había gente que nunca regresaba a la tribu. Incluso las familias que se ocupaban de trabajos seguros, como los hidrólogos o los agricultores, tenían desaparecidos. Su madre le había contado la historia de aquella vez que salió de expedición cuando tenía la edad de L’haan. Se encontró con otra tribu en las afueras del distrito soleado y, a pesar de que había realizado el protocolo de respetos correctamente, no hubo respuesta por parte de los guardianes de la tribu. Cuando por fin entró, no había nada allí, excepto comida pudriéndose en las mesas, ollas secas en los calentadores y cucarachas hambrientas atadas a sus correas. Lo que no encontró fueron signos de violencia.

Solo a un idiota se le olvidarían los peligros que allí existían.

En ocasiones, las cosas simplemente… sucedían. Y cada vez sucedían más a menudo. Una vez, estando con otropadre, una persona que llevaba un traje como los de los asaltantes, pero mucho más limpio, apareció en el mercado con un destello azul. Acto seguido, desapareció con un grito y otro destello idéntico.

Confiaba en el oasis como aliado, pero seguía siendo una buscadora, y los buscadores no se podían permitir los actos de fe. Solo a un idiota se le olvidarían los peligros que allí existían, que no eran solo los asaltantes. En la oscuridad crecían seres que se alimentaban de humanos tan fácilmente como de las ratas voladoras. Y, en ocasiones, las cosas simplemente… sucedían. A veces, había gente que nunca regresaba a la tribu. Incluso las familias que se ocupaban de trabajos seguros, como los hidrólogos o los agricultores, tenían desaparecidos. Su madre le había contado la historia de aquella vez que salió de expedición cuando tenía la edad de L’haan. Se encontró con otra tribu en las afueras del distrito soleado y, a pesar de que había realizado el protocolo de respetos correctamente, no hubo respuesta por parte de los guardianes de la tribu. Cuando por fin entró, no había nada allí, excepto comida pudriéndose en las mesas, ollas secas en los calentadores y cucarachas hambrientas atadas a sus correas. Lo que no encontró fueron signos de violencia.

Eso fue raro incluso para el oasis.

En ocasiones, las cosas simplemente… sucedían. Y cada vez sucedían más a menudo. Una vez, estando con otropadre, una persona que llevaba un traje como los de los asaltantes, pero mucho más limpio, apareció en el mercado con un destello azul. Acto seguido, desapareció con un grito y otro destello idéntico.

Eso fue raro incluso para el oasis.

Y ahora, los asaltantes habían desplegado todas sus naves a la vez. Ella quería saber por qué antes de volver a casa a informar, así que allí estaba: en su lugar secreto favorito.

En la bola fantasmal.

Joshua MechWright y su hijo la habían dejado acompañarlos hacía un ciclo, cuando estaban intentando hacerse con alguno de los millones de diminutos conductos que formaban las paredes de esa sala esférica de más de cien metros de diámetro. La gravedad era mucho menor allí y parecía debilitarse cuanto más alto subías. Sin embargo, por muy divertido que fuese, a Joshua y su hijo no les interesaba explorarla, solo descubrir su propósito. Hablaban muy por encima del conocimiento de los buscadores, pero, según L’haan logró entender, pensaban que aquel lugar había albergado algún tipo de procesador gigante. No obstante, saber adónde había ido a parar o cómo se había extirpado estaba fuera del alcance incluso de los MechWright.

Desde entonces, ella había vuelto varias veces a explorar sus alturas. Los susurros que vagaban por ese antiguo artefacto asustaban a la mayoría de buscadores, pero a L’haan la fascinaban: tan antiguos que formaban parte del propio oasis, pero tan distantes que podías contarles cualquier historia para que brillaran un poco más. A pesar de que todo el mundo sabía lo peligroso que era relacionarse tanto con un susurro, ella disfrutaba de su compañía mientras practicaba la escalada en la bola fantasmal. La gravedad era tan ligera allí que los errores no eran mortales. Sin embargo, había aprendido a agarrarse a los agujeros diminutos en la superficie de la esfera con las yemas de las manos y los pies, de manera que subió lo suficientemente alto como para descubrir que, más allá de la oscuridad, la esfera cambiaba. Los agujeros de los conductos se acababan en los tres metros superiores y la superficie se convertía en un suave metal plateado que hormigueaba al tocarlo. Y eso era solo el principio.

L’haan se aseguró de que estaba en la parte más profunda de la esfera y se agachó todo lo que pudo. Se calmó, cogió aire y saltó hacia arriba con toda la fuerza que fue capaz de reunir. El aire la acompañó en una subida que, cuando se suponía que debía terminar, la dejó continuar subiendo. La fuerza del salto encontró cada vez menos gravedad y le permitió flotar hasta la cima de la esfera. Y justo cuando se acercaba a la superficie plateada sonrió, cerró los ojos y alargó los dedos para…

… ¡EL CONTACTO!

Por un instante, la niña llamada L’haan Seeker dejó de existir, aniquilada por el resplandor plateado que consumía la conciencia y que era el oasis Kesura. Miles de kloms cuadrados de pasadizos, aparatos, escáneres y sistemas operativos que pedían atención, realizaban solicitudes y gestionaban las peticiones de mantenimiento de millones de sistemas defectuosos. Entonces se detuvo cuando los protocolos de seguridad entraron en acción y se dio cuenta de que aquello no era un Vínculo. Era humano/inmaduro/vecino/LhaanSeeker/inofensivo/familiar/de confianza. En un abrir y cerrar de ojos cuántico, la máquina buscó cada pieza de información que hubiera estado en la mente de la niña, las reunió todas cuidadosamente, las puso de nuevo en su cerebro tras la seguridad de una interfaz y esperó una eternidad en el instante de una mente humana. El oasis se volvió pasivo y se abrió a la niña, poniendo sus sensores y los agentes de datos restantes a su disposición.

Todo eso solo fue un destello de luz para L’haan, que extendió la mano como le habían enseñado a hacer, pues sabía que el oasis lo sentía todo y a todos dentro de él y no tenía miedo. Ahora podía sentir al oasis. Sus pensamientos recorrieron pasillos y mamparos. Preguntó sin miedo y la estación respondió. Encontró a su madre, pensativa e inquieta tras demasiados días de descanso y a su padre, feliz por tener a su mujer en casa. Se apartó y dejó que la tribu fluyera sobre ella, sintiendo su curiosidad en tiempos inciertos. Podía sentir cómo se acercaban peligros que estaban a horas o días de distancia. El tiempo y el espacio no eran gran cosa para el oasis y esa puerta terrorífica de la que parecía ser protector; una puerta que ella nunca se había atrevido a cruzar.

EL TIEMPO Y EL ESPACIO NO ERAN GRAN COSA PARA EL OASIS Y ESA PUERTA TERRORÍFICA DE LA QUE PARECÍA SER PROTECTOR; UNA PUERTA QUE ELLA NUNCA SE HABÍA ATREVIDO A CRUZAR.

Pero ahora no tenía tiempo para eso. Alcanzó la colmena roja y furiosa que era la base de los asaltantes de Kalan, clavada como una lanza en el costado del oasis. Podía sentir tensión y alegría, pero sobre todo miedo. Alguien los había encontrado. Alguien que había aprendido a luchar como ellos. Y estaban asustados. Sus grandes naves se habían precipitado en la oscuridad para hacer frente a esa amenaza.

Así que el oasis también tendió su mano.

Y enfureció.

Algo estaba en camino. Algo enorme. Algo que era tanto nave como persona. Algo que al oasis le resultaba familiar pero diferente al mismo tiempo. Era la curiosidad. Y el poder. Y la violencia. Y… ¿la esperanza? ¡Y venía a por ellos!

L’haan rompió la conexión en un momento y se deslizó por la pared curva mientras los susurros se perdían lejos de su intensidad.

¡Se aproximaba la guerra!

Tenía que advertir a su tribu y a los aliados. Tenía que decirles que se escondieran en lo más profundo del oasis. Las armas podían desmembrar su hogar. Ya lo habían hecho antes.

L’haan corrió a través del oasis como solo ella podía.

Tenía que advertir a su pueblo.

Era su deber.

Era una buscadora.